Política de alcantarilla
Si uno no viene de una familia relacionada con el ámbito militar, por lo general las “internas” de la guerra se conocen gracias a documentales, películas, libros o informes periodísticos. Y en todos los casos, el castigo máximo se aplica a quienes traicionan a la patria.
No seré el primero que compara al arte de la política con el arte de guerrear, pero quiero detenerme en la cuestión de los traicioneros.
El ex presidente Néstor Kirchner se refirió a los intendentes del conurbano cuyas listas municipales sacaron más votos en sus distritos que las boletas nacionales como “traidores”. Pero lo que el flamante diputado no logra ver es que al interior del Frente para la Victoria hay dos tipos de traición: la propia y la ajena. En los dos casos, el resultado fue el desmembramiento partidario.
La auto-traición, por llamarla de algún modo, es la que quien fuera mandatario prometió que jamás realizaría. Al momento de llegar a la Casa Rosada, allá por 2003, aseguraba que “no iba a dejar las convicciones en la puerta”. Muchos le creyeron, pero esa versión K duró poco, lo necesario para lograr acumular poder. Y en cuanto trocó y pactó con el viejo PJ, cuando esa redistribución de la que tanto habló no se concretó, cuando los escándalos por corrupción eran cada vez más insostenibles, muchos huyeron de su lado. También se fueron otros, pero por razones más siniestras: ellos querían poder, pero vieron que el matrimonio Kirchner se adueñaba de todo y no compartía, así que dejaron el oficialismo más por cuidar su espalda que por una desilución romántica. Algunos se han denominado “kirchneristas desencantados”, otros simplemente optan por asegurar que nunca fueron “kirchneristas”, sino que se habían sumado a un proyecto que prometió mucho pero nunca cumplió.
En esa bolsa podemos meter a Luis Juez, Felipe Solá, Julio Cobos, Roberto Lavagna… Ninguno santo de mi devoción, pero sí con el timing de abandonar para oponerse, cuando en algún punto esa oposición era legítima porque representaba ideas diferentes.
En cambio, lo que sucede ahora es todavía peor. Lo llamaría la traición “ratera”, no (sólo) de ladrón, sino haciendo mella en el dicho “los primeros en huir cuando el barco se hunde son las ratas”. Y estos son los peores.
El gobernador bonaerense y segundo candidato de NK en las boletas, Daniel Scioli, pretende erigirse ahora como el dialoguista número uno ahora que el conflicto con el campo volvió a ocupar las tapas de los diarios. Él, que defendió a capa y espada el presunto “modelo”, él, que aceptó ser un diputado virtual, ahora quiere ser el gran pacificador.
Los industriales y las cámaras empresarias, que respaldaron todo el proceso económico del kirchnerismo, que no decían nada mientras la pobreza seguía creciendo silenciosa porque mientras tanto sus ingresos se multiplicaban como nunca. Ven tambalear el manejo único, y ya sacan comunicados. ¿Antes? Bien, gracias.
Los líderes sindicales (por favor, no confundir con los agremiados, que nada tiene que ver la masa trabajadora), más ocupados por disputarse el trono en una mesa de discusión que en mejorar la situación global.
Ahora bien, esta traición tardía es tan propia de los roedores, que es indefinida. Por un lado cuestionan, pero por el otro mantienen la posibilidad de negociación abierta. Y lo peor es que esos son los que van quedando, mutando. Así lo vimos a Scioli, de ejemplo de “frescura política” del menemismo pasando por vicepresidente ninguneado hasta llegar a ser gobernador de la provincia más importante del país; allí siguen los empresarios, haciendo lobby sin importar el color político que gobierne, sino sólo interesados en uno: el verde; y allí están los jefes gremiales: ninguno lidera su sindicato hace menos de 10 años.
Hay una tercera traición, la más importante de todas, que es la que el propio kirchnerismo le ha hecho a los argentinos. La Presidenta asumió prometiendo profundizar el cambio, transparentar la democracia, fortalecer las instituciones… Está a tiempo de cambiar.
En dos años pueden hacerse muchísimas cosas.
Irónicamente, y aunque pueden llegar a los cinco, dos años es lo que suele vivir una rata…


Es tan lamentable, no tu artículo, sino la realidad de todos estos
a quienes no quiero nombrar “ratas”, pues me agradan los roedores,
y no los compararía a estos mafiosos de poca monta con ningún animal. No se lo merecen los pobres animales.
Estos son algo indefinible, sin principios pero con finales, finales de enriquecimiento a costas de mentiras, robos, negociados y bla bla bla…uff! Aburren los argentinos corruptos, mentirosos, hipócritas…
Y no va a ser mejor, eso es seguro. Es el efecto “bola de nieve”.
Cuando acostumbraste a un pueblo a la mentira y este pueblo no te reclama, cuando al mismo pueblo le robaste y no te pone contra la pared, cuando, nuevamente al pueblo le sacaste sus derechos al trabajo, a la educación, a la salud, a COMER, carajo, y tampoco te pone tras las rejas,te diste cuenta que sos dueño de hacerle cualquier cosa, porque siempre vas a caer parado. Por eso digo lo del efecto bola de nieve…
Ni modo!
Hey bichoo! como siempre muy buena tu columna y coincido, aunque creo que todos son ratas.. jaja
Seguì asi y espero que tengas mas espacio en el programa para este tipo de reflexiones